Ray Charles

Bien. Ya es hora que hable de Ray Charles.
Ray Charles entró a mi vida una imprecisa tarde de otoño. Él es bastante impreciso: si tuviera que definirlo, tendría ante mí un gran trabajo. Es un mestizo, de edad indefinida, es callejero desde que nació, es dulce y feísimo, de tamaño medio, calladito, simpático cuando sonríe.
Muy pronto se convirtió en el perro de la cuadra... era inevitable: es el único que se levanta temprano para acompañarme un trecho del camino; es el único que se asoma cuando regreso para sonreírme y charlar un poco sobre mi día; es el único que está siempre ahí, contento, vigilando la cuadra...
Vive en la vereda de la casa de al lado, junto a la abuela mas viejita de la cuadra, la que está sola. Le hace compañía tranquilamente, mientras ella riega, van juntos al mercadito, toman solcito en la vereda... y a veces, con las noches frías, ella lo deja entrar y él duerme calentito ahí, en el garage de la señora.
Resulta que ayer, la señora se fue, para siempre, para no volver. Estaba demasiado viejita, demasiado cansada, y ya no podía vivir sola. Con el alma en pena, trató de explicarle a Ray Charles que se iba a vivir a un geriátrico, que no lo podía llevar... Ray Charles no debe haber entendido mucho. Esta mañana lo encontré sentado firmemente al lado de la puerta de entrada de la buena señora. Le llevé algo de comer, pero no lo miró con mucho entusiasmo. Hoy por la tarde, cuando regresé del trabajo, seguía sentado ahí, ya con una mirada de angustia, y creo que algo confundido. No se acercó a saludarme, sino que se limitó a mirar hacia la esquina, desde donde solía venir la señora todas las tardes del mercado. Yo subí a mi departamento con el alma en un puño, y al rato volví a bajar con un poco de comida para perros que le compré hace unos días... pero nada. Me senté a distancia respetable, en la oscuridad... poco a poco se acercó, apoyó su cabeza en mi falda, y se dejó mimar sin perder jamás la vista del horizonte. Así estuvimos un rato, yo tratando de explicarle, él sin prestarme atención. Un camión subió por la esquina, y Ray Charles retomó su posición, expectante ante la puerta. Y yo me fui, porque no importa lo que yo haga esta noche: Hoy, por segunda vez en su vida, han vuelto a abandonarlo.


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