Mi abuelo
Mi Abuelo Pelado no siempre se llamó así. Su nombre es Arsenio Ernesto Hernández, y aunque hiciera chistes al respecto, no fue (como él decía) sobrino de Jose Hernández. Mi abuelo nació en Buena Parada, un pueblito cercano a Río Colorado, y se crió en el campo, con sus hermanos. Le decían “Ancho” por ser más ancho que alto, y trabajó desde que pudo ponerse de pié, hasta que no pudo mantenerse. Su padre lo llevó de la mano a trabajar cuando era pequeño, y a los siete años le compró lo que en aquella época se llamaba “Boleto de Perro” que era una autorización para viajar solito de territorio nacional en territorio nacional. Siempre relataba como una vez, cuando trabajaba juntando la lana que los esquiladores sacaban a las ovejas, se quedó dormido mientras custodiaba las latitas que contenían los sueldos de los esquiladores, a quien se lo hacía llegar golpeándole el hombro, una vez retirada la lana. Los hombres le hicieron una broma y le escondieron las latitas; cuando mi abuelo despertó, con sus escasos 6 o 7 años, se dio cuenta que faltaban las latitas, y se puso a llorar. Un hombre, conmovido, fue a avisarle a su papá; le pidió disculpas y le dijo “Che, Hernández, tu pibe está llorando... ahora le devolvemos las latitas, fue una joda, nomás” a lo que el papá de mi abuelo respondió: “Déjelo... que se haga hombre”.Así fue la vida de mi abuelo. Dura. Conoció a mi abuela en primero superior, porque iban juntos al colegio. Con todos sus ahorros la esperaba cuando ella volvía del pozo de agua, y le regalaba caramelos. Para hacer sexto grado, su cuñado se lo llevó a la ciudad de Bahía Blanca, y ahí tuvo que aprender, entre otras cosas, a caminar rápido, a lustrarse los zapatos y a ponerse gomina. Terminó gloriosamente sexto año; séptimo lo intentó por correspondencia, pero las matemáticas fueron más fuertes que él.
Sin perder jamás la sonrisa entró al ejército; siempre fue amable y respetuoso, y entre las cosas que me enseñó está que a la gente con la que uno trabaja siempre hay que tratarla de Usted, sea un subordinado o sea un jefe. El ejército lo llevó a Bariloche, donde pasó los años que él recuerda como los mejores. Fue del grupo que entró a hachazos a la entonces virgen Isla Huemul, y la nombraron así porque encontraron el cadáver del Indio Huemul, el único habitante de la Isla. Estaba enamorado, carta va carta viene, de la única mujer que amó en toda su vida: Mi abuela. Los fines de semana, cuando el ejército le daba franco, él dormía en la plaza y se guardaba la platita para enviársela a la abuela, para que ella fuera comprando el ajuar. Cuando juntó el suficiente coraje y efectivo, viajó a Buenos Aires por primera vez en su vida y compró un anillo en una joyería; luego volvió a Buena Parada y junto a su padre, fueron a ver a mi bisabuelo, quien le dijo que si se quería casar con mi abuela, le daba seis meses. Y así fue. Se casaron, fueron a una casita que les dio el ejército en Cobunco, luego anduvieron dando vueltas hasta que finalmente recalaron en Neuquen. Tuvieron una sola hija, mi vieja, y le dieron hasta la imposible. Se compró su primer auto cuando era un señor mayor, y su segundo auto fue el que yo conocí, el Renault 12, “El avión”, como lo llamaba él. Cuando lo vendió no lo hizo para cambiar de auto ni porque no lo quisiera más; lo hizo porque ya no podía manejar.
Mi abuelo fue siempre un hombre excelente. Aunque no tuviera para comer, siempre pagó sus impuestos; jamás, pero JAMÁS lo ví enojado, ni cuando lo chocaron, ni cuando nos robaron, ni cuando ... nunca jamás. Era un hombre gordo y simpático que venía silbando por la vida; todos lo conocían y lo escuchaban venir, sobre todo mis perros, que siempre lo adoraron. Nunca fumó un cigarrillo, ni bebió de más, ni anduvo putaneando por ahí; era un hombre sencillo que vivía feliz si tenía a su vieja y a su familia alrededor. Hacía unos asados memorables, pantagruélicos, a la parrilla o al asador. Juntaba como podía sus pesitos para comprarme un jack o un chicle jirafa y me llevó todas las tardes de la mano a la escuela, y cuando murió su consuegro (es decir mi otro abuelo) y nadie le avisó, con sus 75 años a cuestas se tomó el Ko-Ko y viajó 100 kilómetros con las mejores pilchas y vino a llorarlo y llevó el cajón hasta el cementerio. Hace solo unos años empuñaba una maza y abría zanjas; levantaba paredes, abrazaba nietos, todo con el mismo amor, con la misma sonrisa, con la misma madera de buena persona. Todo este tiempo que estuvo internado se ganó la simpatía de cuanta persona pasara por su lado; los enfermeros, los vecinos de habitación, la señora de la administración del hospital... es que ... como no quererlo? Como no admirarlo? Y principalmente: como ignorar que dejó huella de la mejor forma?
Esta semana empezó a morir, luego de sufrir una enormidad. Primero durmió mucho, luego empezó a despedirse, luego empezó a delirar. Me rogaba que lo recordara, y me preguntaba porqué lo hacíamos sufrir así, si él siempre había sido una buena persona. En medio de los delirios, su último pensamiento fue para mi abuela, su preocupación para qué iba a ser de ella sin él, quien iba a cuidarla... Este mediodía 09 de Diciembre, antes de dar su última bocanada, lloró.
Mi abuelo no se quería morir, era un hombre maravilloso que tenía muchísimo por qué vivir; nos amo a todos, incondicionalmente, y siempre fue humilde y respetuoso y alegre y trabajador. Yo lo amé con el corazón y lo sigo amando, y creo que todos los que tuvieron la suerte de conocerlo, hoy van a soltar lágrimas por él y van a pedirle a Dios que no lo abandone, que no le borre la sonrisa, y que por fin le permita descansar en paz.
Abuelo, te amo.

