20.10.05

Un sueño

Anoche tuve un sueño... un sueño en la duermevela, una cosa hermosa y fantástica. En mi sueño yo era una mujer joven, viuda. Vivía en un pueblo pequeñisimo, en una casona enorme y vieja. El pueblo era un lugar de esos que existen en los campos de la provincia de Buenos Aires, esos lugares verdes, el año entero. Tenía una hijita bellísima, de unos 3 años, una coloradita que era una delicia y se llamaba Aitana. Tenía, además, dos perros: una perra vieja llamada Orquesta y un cachorrón negro, pero bien negro llamado Oso. Los cuatro teníamos una vida tranquila; recuerdo que yo estaba cocinando descalza, con un vestido de esos largos, tipo "batón", que tanto le critico a mi abuela. Mientras cocinaba, Oso estaba expectante a mi lado, y yo llamaba a los gritos a mi hijita, que probablemente estaba jugando afuera, bajo la mirada atenta de la perra: "Tani! Tani! a comer! vení a lavarte y sentarte que esto se enfría!"

Ya se. Es una pavada. Pero se respiraba tanta pureza en el ambiente, tanta paz! Yo me sentía liviana, feliz, despreocupada; estaba enamoradísima de mi hija, que era un solcito, correteando por entre las plantas del frente de la casa, toda llena de barro y vaya uno a saber que otros materiales. No me preocupaba la plata, no me preocupaba llegar tarde a ningún lado. Mi casa no era lujosa, pero tenía todo lo que necesitábamos; el día transcurría tranquilo entre los juegos de Tani y mis lecturas en la sala; ambas eramos felices y el mundo era un gran caramelo al alcance de la mano.

No quiero despertar, por favor. No quiero.


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